

Alegría, generosidad, cariño, detalles, abrazos, risas, amistad, honestidad, así era Miguel Juan Palomino Urdapilleta. Un caballero elegante y con categoría. Puro coraje y corazón, que ha contagiado su alegría y pasión por la vida a todos los que lo han conocido, y que ha dejado tras de sí una estela de AMOR en mayúsculas.
Nacido en Madrid el 7 de marzo de 1955, fruto del amor de un torero y una vasca bella, muy bella, supo combinar el valor y la belleza en su profesión, la fotografía.
Nació de pie, pisando fuerte y dejando huella en todos los corazones que tocaba.
Aprendió de su padre el amor por el toreo y la justicia social, y de su madre a cocinar como los ángeles y a llevar la sonrisa por bandera. Tuvo una infancia feliz en la que, junto a su hermana mayor, la alegría y el cariño eran los ingredientes que sazonaban todos los platos, y en especial los huevos fritos con patatas que tanto adoraba.
Tres mujeres marcaron su vida porque le dieron su bien más preciado; sus hijas. Con su primera mujer compartió momentos de adolescencia y juventud, y hasta llegó a pasar por el altar. Aunque no duró mucho. Después vivió años de gran intensidad y éxito profesional junto a su segunda mujer, con quien compartía interés por la fotografía y el periodismo. Finalmente, llegó su tercera mujer con la que decidió caminar de la mano más de 25 años hasta su último aliento. Era su confidente, su amiga, su compañera de vida.
Tuvo momentos de esplendor en los que llegó a lo más alto con su agencia de prensa, Inphoto, viajando por todo el mundo y llenando sus carretes de instantes mágicos y de muchas amistades.
En otros momentos la vida no le sonrió, pero él seguía sonriéndole a la vida. Nunca dejaba de creer, no se rendía. Siempre estaba con nuevos proyectos, nuevas ilusiones.
Fue un hombre afortunado, no porque le tocase la lotería dos veces, sino porque para él su mayor éxito eran sus tres hijas, Adela, Irene y Andrea, siendo su principal meta que estuviesen unidas a pesar de las circunstancias.
Después llegaron dos nietas, África y Naia, que fueron su debilidad y le encantaba que le llamasen abebe.
Que no se perdiese la esencia de la familia era uno de sus anhelos y por eso movía mar y tierra para que se celebrasen las primadas y el wassap estuviese siempre activo.
Construyó por su forma de ser y sus profundos valores de honestidad, transparencia y lealtad, un patrimonio envidiable para muchos; el de los amigos. Otro de sus grandes logros de vida. Eterno, incondicional y constante con sus amigos. Entregado a ellos y más allá de tiempos y distancias.
Su corazón era rojiblanco y latía con emoción cuando iba al Calderón, contagiando esa pasión y enseñándonos a todos que había otra forma de entender la vida.
Así es Miguel Palomino, una persona detallista que tenía para cada persona la palabra precisa y los brazos abiertos para darte un abrazo, un bálsamo que siempre te sacaba una sonrisa, aún en los peores momentos. Ha sido ilusión y motivación cuando le comentabas algún proyecto y generosidad cuando le pedías apoyo.
Un hombre que ha disfrutado de la vida y que nos ha enseñado que merece la ALEGRÍA vivirla.